Alfredo Colmo

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Jurisconsulto, magistrado y profesor. Nacido en la capital de Buenos Aires, el 22 de junio de 1878. 

Era hijo de don Bernardino Colmo, italiano, con comercio establecido en el barrio de Flores. Cursó sus estudios primarios, terminó en dos años el bachillerato e ingresó a la Facultad de Derecho de Buenos Aires, donde se graduó de doctor en jurisprudencia en 1901, tras ser laureado con medalla de oro. Su extensa tesis De la prescripción en materia comercial, fue premiada. Se dedicó a la enseñanza en el Colegio Nacional y luego en la Escuela Normal de Profesores. Iniciado en la magistratura fue secretario del juez en lo Civil, doctor Ernesto Quesada. La cátedra universitaria lo atrajo, Profesor de Derecho Civil en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, obtuvo por concurso la suplencia en 1904, lo mismo que la de Sociología en la Facultad de Filosofía y Letras. Se consagró a la primera, renunciando a las demás. 

En 1910 pasó a ser adjunto, y desde entonces hasta 1922 titular de la cátedra, salvo un breve período en que desempeñó funciones consulares en Toulouse y en Liverpool (1911-14). Fruto de la cátedra fue su tratado Obligaciones en general, que mereció el primer premio nacional en 1922. Antes había publicado Didáctica del Derecho Civil, que vio la luz en Liverpool en 1913, y su Técnica del Derecho Civil, aparecida en 1917, aparte de numerosos folletos y estudios menores. En 1920, el presidente Irigoyen lo designó vocal de la Cámara Civil Primera, y en ese cargo permaneció por espacio de diez años. Fue un juez insigne y probo. Cumplió una función judicial innovadora que, en ocasiones, lo llevó a disentir con sus pares y en la que siempre brillaron su talento, condición y original estilo. En 1928, se lo eligió presidente del tribunal. Yrigoyen lo jubiló de oficio, circunstancia que lo afectó profundamente, retirándo de inmediato. En 1932, la Facultad de Derecho lo nombró profesor honorario. Fue miembro de la Academia Nacional de Derecho, de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia de Madrid, presidente y fundador del Instituto Cultural Argentino norteamericano, y de otras importantes instituciones. Sus últimos años, a pesar de su precaria salud, los dedicó a las funciones del espíritu y a estrechar vinculaciones culturales con los Estados Unidos, país al que se había trasladado en 1929. 

Colaboró en la “Revista de Derecho, Historia y Letras”, y en el diario “La Nación “publicó una colección de artículos entre los años 1924 y 1927, sobre la administración de justicia. Fue autor de: Principios sociológicos (1905); La encuesta sobre educación secundaria (1909); Carácter del derecho civil contemporáneo (1909);Sobre Didáctica del Derecho Civil (1913); La cultura jurídica y la Facultad de Derecho (1915); América latina (1915);Técnica legislativa del Código Civil Argentino (1917); importante contribución al estudio de la obra de Vélez Sarsfield; La reforma del Código Civil (1918); El Código Civil en su cincuentenario (1921);Política Cultural de los países latinoamericanos(1925); De las obligaciones en general(1928);La Revolución en la América Latina (1932); Derecho hereditario (1933); Situación jurídica de la mujer en el derecho civil argentino (1934), y su obra póstuma La Justicia(1936). 

Falleció repentinamente en el teatro Cervantes, el 6 de julio de 1934, cuando asistía a una conmemoración del Cincuentenario de la Ley de Educación. Llegó con su esposa Delia Zavalla Moreno su importante biblioteca de 11.000 libros al Consejo Nacional de Educación. Manuel Gálvez lo cita en sus Memorias, y dice que era una excelente persona, pero a raíz de haber sostenido una polémica con el escritor venezolano Blanco Fombona, el argentino lo apoyó porque opinaba parecidamente. Repitió lo que ya sabemos: que Colmo había sido profesor universitario, cónsul y que escribía en pobre prosa. Blanco Fombona entonces expresó sentenciosamente que: “Colmo era cónsul de primera, profesor de segunda, y escritor de tercera”. Era de porte distinguido, frente amplia, ojos pequeños pero vivos, tez blanca, cabellos y bigotes rubios. Hablaba con claridad y con método, con sencillez y serena elocuencia. Una calle de la ciudad lleva su nombre.

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