La Novela

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La literatura de ficción, en este período, comienza por las novelas de guerra de Henri Barbusse, Maurice Genevoix (1890) y Roland Dorgelès (1886). Georges Duhamel (1884), médico de campaña en 1914, será más tarde autor de dos ciclos de novelas, Vida y aventuras de Salavin y La crónica de los Pasquier (1933-1943). Otro ciclo novelesco es el de Los Thibault, de Roger Martin du Gard (1881-1958), vasta y admirable representación en que la precisión de detalle no perjudica al equilibrio del conjunto. Otra novelería expresión que se puso de moda con motivo Los Thibault y de Juan Cristoval Los hombres de buena voluntad de julio, que muestra animadamente el desconcierto de la zorra mundial. Pretensión sociológica, unida a una doctrina política determinada, se observa en las novelas escritas por Louis Aragon (1897), su esposa Elsa Triolet, Jean Richard Bloch (1884-1947), André Wurmser, Léon Moussinac, Claude Aveline (1901), Paul Nizan, Panaït Istrati (1884-1935) escritor rumano en lengua francesa que fue descubierto por Rolland, quien lo calificó de “Gorki balcánico” y Louis Guilloux (1899), acaso el mejor de esta línea de narradores. En cambio, pretende ser puramente documental la novela de Pierre Hamp, seudónimo del sociólogo Pierre Bourillon (1876); de Eugène Dabit (1898-1936), d’ Henri Poulaille y de Georges Navel, obreros que refieren con notable maestría literaria su experiencia del suburbio y de la fábrica. 

Los mismos ambientes populares recogen la obra de Pierre Mac Orlan (1883) y la de Francis Carco (1886-1958), cuyo verdadero apellido era Carcopino, autores que ceden un tanto a lo pintoresco y a la estilización. Philippe Hériat retrata con crudeza la miseria espiritual de los círculos burgueses. Maxence van der Meersch es el seudónimo del novelista Josef Cardijn (1907-1951), autor de la popular novela Cuerpos y almas y de La huella de Dios. Marcel Aymé (1902) alcanza en sus cuentos una originalidad hecha de humor y fantasía. Clochemerle, de Gabriel Chevalier, obtuvo un éxito cómico sin precedentes. Los hermanos Jerôme y Jean Tharaud (1874-1953 y 1877-1952) cultivaron la novela documental cosmopolita. Otra vertiente de la ficción,la psicológica, allega los nombres de Henri Bosco (1888), Jacques Chardonne (1884), Marcel Arland (1899), Jean Cassou (1897), André Chamson (1900), Pierre de Lescure, Pierre Bost (1901)y André Maurois (1885). Las biografías noveladas de este último, que le valieron merecido renombre mundial, hicieron olvidar sus novelas un tanto convencionales: Bernard Quesnay, nCirc lo de familia, Ambientes, etc.Las Novelas de aventuras de Claude Farrère (1876-1957) y Pierre número Benoit (1886) conquistaron un público so. Novelistas tradicionales, pero de sólidas cualidades son P. Alexandre Arnoux (1884), André Nepveu, llamado Lue Durtain(1881);Joseph Delteil (1894),André Billy(1882) Guy de Pourtales (1881-1941),escritor suizo en lengua francesa. El belga Georges Simenon (1903) llevó la novela policial a un nivel artístico que Maurice Leblanc (1864-1941).

Gaston Leroux (1868-1927), precursor del género, no se atrevió siquiera. En la novela regionalista se destacan Alphonse de Châteaubriant, Maurice Genevoix. Joseph de Pesquidoux, Jean de La rende y Henri Pourrat.Pero son otros los novelistas que sobrepasan el nivel común en este período. En primer lugar, debe mencionarse a François Mauriac (1885), en cuyas creaciones (La carne y la sangre, El beso al leproso, Genitrix, Nudo de víboras, El misterio Frontenac, Teresa Desqueyroux, Los caminos del mar, La farisea, Galigai, El mico) no se sabe si admirar más la fuerza de la concepción o la delicadeza de los medios. Pinta la avaricia, el orgullo, el odio, el vicio, el amor, con singular vivacidad, desde la perspectiva de un espíritu creyente, pero dominado por la inquietud y la amargura. El arte de Georges Bernanos (1888-1948) no participa de la misma sutileza analítica, ni deriva como el de Mauriac de Pascal y Racine. Es en la novela el equivalente de la poesía de Claudel: vehemente, tumultuoso, genial. Bajo el sol de Satán expone las luchas de un sacerdote con el diablo; Un crimen, Diario de un cura de campaña y El señor Ouine confieren fuerte patetismo a los conflictos entre la pasión y la fe. Bernanos es, además, un estupendo panfletista que ha sacudido hondamente la conciencia francesa. Julien Green (1900) se agita entre la rigidez de su puritanismo anglosajón y la densidad espiritual de su cultura católica. Es el autor de Monte Cinère, Leviatán, Adriana Mesurat, El visionario, Medianoche, Si yo fuera usted y Moira; en esta última novela trata magistralmente el tema de la tentación. Su Diario es el fiel testimonio de un alma atormentada. En Sidonie Gabrielle Colette (1873-1954) no es dado hallar reino es el de la sensación. Artista de variedades, colaboradora literaria de un hombre de letras su marido, reveló, al independizarse de esa tutela. Viva intuición artística y original capacidad de descripción. Sus deliciosas muchachas, sus amantes envejecidas, sus pastores, sus animales, sus jardines, irradian poesía. El naturalismo pagano se hace psicológico en Charles Ferdinand Ramuz (1878-1947), novelista y ensayista suizo, de lengua francesa, y lírico en Jean Giono (1895).

Otros novelistas, descuidando tal vez el análisis psicológico, proclamaron el reinado de la pasión y de la voluntad. Su arquetipo es Henry de Montherlant (1896), que deriva de Barrès; sus novelas, como sus poemas, celebran el poderío físico, el deporte, la guerra; y su cinismo, su brutalidad para con las mujeres, no consiguen disimular su devoción por el amor. Magnífico estilista, no alcanzó la fama que merecía sino después de 1945, y no como novelista, sino como autor de teatro. Análogas concepciones de la vida reflejan las novelas de Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945): Gilles, El hombre a caballo, El hombre cubierto de mujeres. Marcel Jouhandeau (1888), cuya escritura es igualmente límpida y perspicaz, elabora un realismo psicológico que sólo después de la guerra alcanzará repercusión. Las principales novelas de André Malraux (1901) han sido escritas hace más de un cuarto de siglo. Sin embargo, aún hoy se ve en Los conquistadores, en La condición humana o en El tiempo del desprecio el límite final de la marcha del arte hacia la realidad. Los valores que proclama son la acción, el heroísmo, la responsabilidad, y sólo el equívoco de las circunstancias pudo hacer de Malraux un militante revolucionario; en realidad, es como Barrès, como Montherlant, como Drieu un hombre sin fe que la prédica a los demás. Después de la guerra, Malraux se consagró a la crítica de arte, y su Psicología del Arte y su Saturno son obras notables. 

Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) narró la vida de los aviadores civiles y militares con sobrio dramatismo. Para él, también, la disciplina, la abnegación, la renuncia de sí mismo son principios fundamentales. Una filosofía diametralmente opuesta es la de Louis Ferdinand Destouches, llamado Céline (1894), que en 1932 obtuvo un triunfo estruendoso con Viaje hasta el fin de la noche, que fundía una expresiva jerga popular en el fuego de un espíritu colérico y blasfemo. Sus últimos libros pasaron inadvertidos, pero la nueva novelística francesa confiesa su deuda para con él, por su defensa del lenguaje oral. Dos novelistas originales, con ciertos puntos de contacto entre la fantasía y el misterio, son Henri Bosco (1888) y André Dhôbel (1900).

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