Barres
Maurice Barres (1862-1923), que sería precursor de esa generación, llegó de su maestro y natal a los veintiún años y proclamó el culto del yo, la personalidad disponible. Su obra consistirá en descubrirlas riquezas de su alma, ejercicio que evidenciará en De la sangre, la voluptuosidad y la muerte. Político nacionalista, toma partido por el general Boulanger; Alemania debe ser destruida si Francia ha de vivir, y para francés. Ese es el sentido de sus tres libros Los desarraigados, El llamado al soldado y Sus rostros. Por su parte, La colina inspirada y El misterio en plena luz revelan el drama íntimo de Barrès, que no participa de la fe católica sino en cuanto ésta puede servir de cimiento al orden, y cuya apología del deber y la milicia están en contradicción con su alma enamorada de la belleza griega y de la pereza oriental. La publicación póstuma de sus Cuadernos decepcionó a sus fieles; en realidad, de Barrès no queda sino un estilo robusto, intenso, y la enseñanza de que la inquietud, el conflicto personal son valores que la literatura debe cultivar.
Maurras
Charles Maurras (1868-1952) continuó esa línea política. Es un poeta simbolista correcto, pero frío, que combate las premisas estéticas del simbolismo; posee una amplia cultura histórica, y espera generar a Francia por la exaltación de su Provenza natal, de las claras tradiciones asociadas a la gesta del Mediterráneo. Fundador de la Acción Francesa, un movimiento monárquico, católico y violentamente anti alemán, fue reprobado por el Vaticano, desautorizado por el pretendiente al trono, y en 1945 condenado por inteligencia con el enemigo. Fuera o no justa la sentencia, la verdad es que calificó a la derrota francesa de “divina sorpresa” por haber dado fin en su país a un régimen que él odiaba. Sus páginas más incitantes figuran en El futuro de la inteligencia, Barbarie y poesía y La avenida de los filósofos. Péguy. El nacionalismo de Charles Péguy (1873-1914) tiene un origen muy distinto. Hijo de familia obrera, es socialista en su juventud. En 1900 funda los Cuadernos de la Quincena, que durante catorce años revelarán todas las obras importantes y seducirá a los estudiantes con su ardiente idealismo. Escucha en la Sorbona al filósofo Henri Bergson, y si bien las interpreta en forma demasiado personal hace de esas lecciones un fermento renovador de primer orden en la vida espiritual francesa. En 1908 adopta el catolicismo, y en 1914 muere en el frente. Cantor de la fe y del heroísmo, es a la vez un poeta social y un poeta de la tierra. Sus ideas influyeron menos que su persona, su vida desinteresada, su amor a la justicia y a la verdad, su ideal de pureza intelectual. Gide. André Gide (1869-1951), siendo muy joven sintió una honda devoción por Barrès, de quien aprendió a someter su espíritu a un constante análisis. Tal es, sin duda, el origen de su Diario. Luego, atraído por Oscar Wilde, por D’Annunzio, por Nietzsche, combinó el simbolismo con un ideal de vida esteticista que en los poemas de Los alimentos terrestres canta a la belleza carnal del mundo, a la alegría, y que en la novela El inmoralista truécase en delicada introspección. Una primera crisis espiritual lo lleva a dudar de su ideal pagano: esa lucha entre la moral y el sentimiento se lee en La puerta estrecha. Conoce entonces a Dostoievski, ahonda en Nietzsche y en Blake, y rechaza nuevamente la moral como un grillete que amenaza al hombre libre, a la vida misma. Las cuevas del Vaticano, Los falsificadores de moneda, La sinfonía pastoral son novelas de composición objetable, pero que siempre contienen alguna incitante novedad psicológica o técnica. En realidad, su cualidad más alta estriba en la belleza de su prosa, que mantiene siempre su ritmo seguro, conciso y expresivo, tanto cuando escribe sus breves relatos o diálogos, como cuando, en Corydon o en sus referencias autobiográficas, cada vez más frecuentes, entrega su vida y sus vicios a la curiosidad del público. Encarnó la tradición humanista, e hizo de la sinceridad la norma de su creación literaria. Fue Gide un admirable conocedor de todas las literaturas y, sin duda, el mejor crítico de su generación. Romains, Giraudoux, Saint-Exupéry, Simenon, Michaux le deben su éxito inicial. Vinculado por razones de parentesco a una revista, la Nouvelle Revue Française, y a la casa de ediciones que la patrocina, hizo de una y otra el meridiano del espíritu francés.
Rolland
Romain Rolland (1866-1944) escribió dramas históricos, novelas, biografías de artistas, ensayos; su infatigable actividad repercutió constantemente en la conciencia francesa. En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, refugiado en Suiza, proclamó que el deber de los intelectuales consistía en situarse “por encima de la contienda”, y presidió movimientos de éstos, que tenían por propósito regenerar a la humanidad y evitar la guerra. Los diez volúmenes de su ciclo novelístico Juan Cristóbal (1904-1912), obra en la que describe detalladamente la vida de un compositor, y los siete del alma encantada, le granjearon la fervorosa simpatía de los jóvenes. Otra novela suya, Colas Breugnon, refleja el espíritu de la provincia francesa; en su protagonista, algunos han creído ver simbolizado al propio pueblo francés. Son notables sus obras acerca de Miguel Ángel, Tolstoi y Beethoven. Merece ser citada también su labor para la escena: Teatro de la Revolución (compuesto de siete obras entre las que destacan Danton, Los lobos y 14 de julio).