La poesía se transformó luego en una especie de laboratorio de la literatura. Todas las experiencias que se cumplieron en el ámbito de las letras francesas fueron fruto de la labor de algunos poetas, y desde el terreno de la poesía se trasladaron luego a otros géneros. La poesía actual reconoce por precursor a Guillaume Apollinaire, seudónimo de Wilhelm Apollinaris de Kosculó la actividad poética con la plástica y fue amigo y, en cierto modo, maestro de Picasso, Matisse, Braque y de toda la escuela de París. Sus poemas de Alcoholes y Caligramas (la Canción del mal amado, La linda pelirroja, Sombra de mi amor) son inexcusables puntos de referencia de toda la poesía de vanguardia. Tristan Tzara (1896) fundó en Zürich, en 1916, el movimiento Dadá, cuya voluntad innovadora estaba orientada hacia la negación de toda doctrina estética. De sus libros, El hombre aproximativo parece el más sustancial. Alfred Jarry (1873-1907) es uno de los precursores del surrealismo. La violenta sátira de Ubu rey farsa escrita por un escolar de quince años para burlarse de su profesor desborda extravagancia y genialidad. Otro poeta a quien el surrealismo consideró precursor fue el conde de Lautréamont. El surrealismo del valor de sus afirmaciones y de Ese espíritu se manifiesta igualmente en otros miento, como Pierre Reverdy (1889-1960) y Max Jacob (1876-1944). “Poesía hermética, ilógica, amoral, naturaleza muerta, que provoca en el lector una angustia intolerable”, se ha dicho de la obra de Reverdy. Jacob, convertido al cristianismo, es como un niño sublime que llora las inocentes faltas que se reprocha ante Dios.
El Surrealismo
Louis Aragon (1897), Andre Breton (1896) y Philippe Soupault (1897) dirigieron la revista Littérature, órgano del surrealismo. En esta escuela cabe distinguir una con ciencia, un sentido militante y una ideología. Estaciones científicas como las de Freud por parte de un grupo de diletantes, no ha resistido la prueba del tiempo. El sentido militante surrealista ha dado lugar a un divertido anecdotario que la crónica periodística registró puntualmente. En cuanto a la conciencia literaria del surrealismo, es, ni más ni menos, la que comparte con toda literatura de vanguardia. Encarna, fundamentalmente, el espíritu de revuelta, que no cabe confundir, por cierto, con la mera voluntad de escándalo, pero tampoco con un firme y consecuente designio revolucionario. Hay también para decirlo con palabras de Rimbaud un “descenso al infierno”, al fondo tenebroso del yo. Aragón hablará de “lo maravilloso cotidiano”; Bretón sostendrá que “la belleza es convulsiva o no existe”; Paul Éluard dirá que “la poesía es inseparable de la revolución”. Éstas son las tres figuras principales del movimiento. Pero Éluard y Aragón lo abandonan luego justamente en nombre de la revolución, mientras que Bretón, convertido en “pontífice del surrealismo”, seguirá distribuyendo caprichosamente las palmas de la ortodoxia y sancionando la herejía. Sus “manifiestos” cuyo pensamiento no está a la altura de su instrumento estético que, depurada de los excesos propios de novadores gravitan sobre toda la lírica contempló Erinarios. Pierre Navile, Coorges Hugnet y Mouse del movimiento.
El Existencialismo
Contra dicho racionalismo, contra su prolongación marxista, la primera reacción que se manifestó fue el existencialismo, encabezado por el filósofo Jean Paul Sartre (1905), autor del ensayo El serylanada, y por su revista Les Temps Modernes. Antes de la guerra se había observado en Francia la influencia de Kierkegaard y Heidegger, Nietzsche y Jaspers, los grandes críticos del panlogismo hegeliano. Benjamín Fondane, poeta lúcido, ensayista original, había formulado proposiciones existencialistas, y filósofos como Jean Wahl y Emmanuel Levinas se habían también acercado a tal concepción del mundo. Pero ésta no debía afianzarse como escuela sino en el clima de desesperanza y angustia que seguía el, experto polemista y crítico impar, Sartre alcance, por sus orígenes, su vocabulario y su extremo intelectualismo parecía destinado a no sobrepasar nunca los límites de un círculo restringido. El existencialismo se difundió impetuosamente, no sólo en Francia, sino en todo el mundo. Sus afirmaciones lapidarias “la existencia precede la esencia”, “el hombre está condenado a ser libre”, “el existencialismo es un humanismo”, “el infierno son los demás” llegaron a convertirse en slogans. El grupo existencialista denunció violentamente las hipocresías morales y sociales, exaltó la libertad humana, sedujo a la juventud con una visión del mundo pesimista y austera, pero lúcida y tendida hacia la acción. Integran la escuela, pero con rasgos propios, Maurice Merleau Ponty (1908), Simone de Beauvoir (1908) y muchos otros; y al margen de aquélla, pero en direcciones más o menos próximas, reflexionaron con vigor y con hondura Albert Camus y Georges Bataille (1897). Gabriel Marcel (1889), filósofo y autor teatral, representa en dicho movimiento una orientación cristiana. Desde 1945, la corriente filosófica que daría carácter propio a la literatura católica fue el personalismo, que se organizó en torno de la revista Esprit y alcanzó, por momentos, cierta importancia política. Emmanuel Mounier (1905-1950), animador del grupo, escribió media docena de libros que lo destacan como un pensador osado política y social. Perseveró en su empeño de “mantener diálogo” con los comunistas, convencido de que éstos representaban a la clase obrera y de que los católicos no debían dejarse social.