Poetas versátiles, que fueron surrealistas en su juventud, son André Salmon (1881) y el ya citado Soupault. Ajenos al surrealismo, pero renovadores a su manera, son Blaise Cendrars, Jules Supervielle (1884-1960), nacido en Montevideo, Jules Romains, Jean Cocteau y O. L. Milosz, de origen lituano. Blaise Cendrars (1887), que influyó decisivamente sobre Apollinaire, se afirma en todos los géneros, de la poesía a la novela, pasando por su autobiografía lírica El hombre fulminado. El unanimismo fue, durante treinta años, un “arte poética” que no tentó a ningún poeta de verdad; y si Jules Romains (1885), seudónimo de Louis Farigoule, su creador, deja algunas estrofas perdurables, lo debe, antes que, a su doctrina, a Ronsard del siglo xx, a pesar de sus múltiples Poesía; su crítica también lo es; lo son sus dibujos
Actitud militante del escritor
La primera posguerra había dado lugar a una literatura de la frivolidad que ilustra los nombres de Cocteau, Morand y Giraudoux. Pero la inteligencia francesa no tardó en advertir que la civilización corría hacia el abismo. Uno de los ensayos más característicos de Valéry se inicia con estas palabras: “Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales.” Malraux huyó a Oriente para estudiar arqueología, y se encontró con la revolución china, mientras los surrealistas proponían la destrucción del orden establecido sociedad, razón, moral e incluso de la inteligencia, del lenguaje mismo. A partir de la cuarta década, una nueva generación denunció la “torre de marfil”, la “cultura desinteresada”; predicó el “alistamiento” del escritor. La guerra de España, la nueva contienda mundial, confirmaron esa evolución y valieron a Francia diez años de “literatura comprometida”, para emplear una expresión que sirvió de título a uno de los libros de Gide y que Sartre definió con precisión en su famoso ensayo Qué es la literatura. La derrota y ocupación de Francia convirtió a los escritores en “testigos”, y a la vez los sometió a un penoso examen de conciencia. La propaganda oficial trataba de inducirlos a una renuncia a la democracia, a la libertad y al derecho, en nombre de la fuerza victoriosa. Entre los escritores que cedieron a esta invitación cabe mencionar a Drieu La Rochelle, que se suicidaría en vísperas de la Liberación, y a Robert Brasillach, notable crítico que luego fue fusilado. Pero los más de los intelectuales se plegaron a la Resistencia, sin diferencia de credos. Jacques Decour y Jean Prévost (1901-1944) fueron fusilados por los alemanes; se torturó a Giraudoux, por negarse a revelar una lista de agentes de la Francia libre; Max Jacob murió en un campo de concentración para judíos; Malraux fue jefe de guerrilleros. La literatura de la Resistencia, escrita en esas difíciles condiciones, tiene un alto valor emotivo, pero sólo ha sobrevivido en pequeña parte. El silencio del mar, de Vercors (seudónimo del tipógrafo y artista grabador Jean Bruller), editado clandestinamente, dijo a toda Francia la inquebrantable voluntad de resistir. También debe mencionarse la poesía patriótica de Aragon, Éluard y Michaux; los 33 sonetos escritos en la cárcel, de Jean Cassou, y páginas perdurables de Jean Paulhan (1884), François Mauriac y Julien Benda. Pero toda esta dramática experiencia convertida en punzantes recuerdos y en una atenta consideración de la actualidad política, de su incidencia en el destino de los hombres, en el arte y la cultura, debían derivar concluidas las hostilidades hacia la “literatura comprometida”, que marcó la tónica general hasta 1950, aproximadamente. Las peripecias de los años trágicos están presentes en el teatro de Armand Salacrou (1899) y de Sartre; en las novelas de Sartre, Roger Vailland (1907), Courtade y Paul Vialar (1898); en la poesía de Pierre Emmanuel (1916), Guillevic y Claude Roy (1915). David Rousset describió patéticamente la vida en los campos de concentración en el primer ensayo de Los días de nuestra muerte.
Así se completó la evolución iniciada desde los primeros años del siglo xx por Gide, Valéry, Péguy, Maurras y Rolland, artistas que, como se ha visto, dejaron atrás el movimiento simbolista para convertirse en maitres à penser, en dirigentes intelectuales de su país. Sus sucesores, los surrealistas, aplicaron a desacreditar a los meros“ hombres de letras”, para quienes la literatura no tiene otro fin que la literatura misma, tal como pensaban aún Proust y Valéry. Ya en vísperas de la guerra, tres vertientes del pensamiento se disputaban la primacía: el marxismo, el catolicismo y el existencialismo. El viejo racionalismo universitario, el positivismo de la Acción Francesa, el socialismo humanitario, la anarquía, el liberalismo clásico de la Tercera República, habían muerto con ésta. En su mayoría, los intelectuales se reagruparon alrededor de las tres tendencias antes mencionadas, que usaban a menudo un lenguaje análogo y cuyo programa mínimo era el de un humanismo más o menos teñido de socialismo y de revolución. El marxismo, en pocos años, había pasado de la persecución al triunfo. Los trabajos de Georges Politzer y de Valentin Feldman ambos fusilados por los alemanes; los de un grupo juvenil y polémico integrado por Jean Pierre Hervé (1918), Pierre Courtade, Jean Kanapa (1921) y Henri Mougin; los de Roger Garaudy, establecieron la influencia de esta corriente. Sus filósofos más eminentes son August Cornu y Henri Lefebvre. Este sector se expresó por medio de la revista La Pensée, que se definía a sí misma como “órgano del racionalismo moderno”.