Los críticos e historiadores

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Francia, que en 1848 había atravesado un período de tremenda convulsión social, entró luego en una etapa de descentración del poder político. La República habría de caracterizarse como una forma civil, técnica, con cierto escepticismo frente al lujo filosófico y a la moral profana. Desde 1850, los salones desempeñaron en la literatura francesa un papel aún más importante que en los siglos XVII y XVIII.

Los parnasianos, decadentes y simbolistas realizaron sus revoluciones literarias en distintos salones, cuando no en tabernas y cervecerías, donde los sectores más refractarios de estos artistas manifestaban su rechazo a los hábitos mundanos. Por otra parte, surge una notable generación de profesores contemporánea del Romanticismo: François Guizot (1787-1874), Abel-François Villemain (1790-1870) y Victor Cousin (1792-1867), entre otros.

Hacia 1850, desde la cátedra de la Sorbona, estos pensadores formaron espíritus a su imagen y semejanza, y quienes ocuparon los primeros planos de la escena política fueron, en gran medida, sus alumnos. El crítico Albert Thibaudet los considera responsables de un dogmatismo liberal que se instala de forma duradera en la historiografía, la filosofía y la literatura francesas. Guizot reescribe la historia bajo ese criterio doctrinario.

Con él comienza una importante línea de historiadores —Thierry, Mignet, Thiers— gracias a la cual Francia toma plena conciencia de su singularidad y de su destino. No debe olvidarse a Jules Michelet (1798-1874), considerado un verdadero poeta de la historia. Taine lo comparó con Gustave Doré. Como señala Thibaudet, así como Doré ilustró grandes libros, Michelet ilustró románticamente los anales de la humanidad.

En Michelet se advierte un misticismo de la naturaleza que se expresa con intensidad en su tetralogía: El mar, La montaña, El pájaro y El insecto, así como en reflexiones expuestas en obras como La mujer. Su producción constituye, en conjunto, una suerte de segunda Enciclopedia, escrita por un solo hombre y con una impronta más lírica que la primera.

Su influencia se proyecta desde el Collège de France, donde Edgar Quinet (1803-1875), autor de Ahasverus, epopeya sobre la marcha infinita de la humanidad, y el poeta polaco Adam Mickiewicz (1798-1855), conformaban junto a él una especie de senado intelectual europeo.

La Historia de los girondinos, de Alphonse de Lamartine, no constituye un modelo de investigación rigurosa, pero destaca por su concepción de la historia como un proceso revolucionario permanente. Por su parte, Alexis de Tocqueville (1805-1859), Antoine Augustin Cournot (1801-1877) y Fustel de Coulanges desarrollan enfoques sistemáticos en ciencia política, filosofía de la historia y sociología.

Sin embargo, nadie ejerció una influencia tan decisiva como Charles-Augustin Sainte-Beuve (1804-1869). Para Thibaudet, su discípulo, su papel en la crítica es comparable al de Víctor Hugo en la poesía o Balzac en la novela. Sainte-Beuve, además de crítico, fue poeta romántico y autor de la novela psicológica Voluptuosidad.

A los veintitrés años publicó un estudio fundamental sobre la poesía francesa del siglo XVI. En su madurez escribió Port-Royal, obra considerada una de las cumbres de la crítica literaria francesa. También resultan relevantes sus estudios sobre Montaigne, Balzac, Descartes, Corneille, Racine y Molière. Durante años, sus análisis sistemáticos de la producción literaria marcaron un método.

Entre sus aciertos figura haber valorado a poetas como Béranger, aunque también se le reprocha no haber prestado atención a Baudelaire, de quien en cierto modo fue precursor en sus primeros versos.

Baudelaire

Pierre-Jean de Béranger (1780-1857) era hacia 1840 el poeta más popular de Francia. Su liberalismo anticlerical y su tono patriótico resultaban aceptables para la burguesía, mientras que sus Canciones alteraban la pureza de las formas clásicas.

Mientras tanto, el Romanticismo comenzaba a declinar. Autores como Aloysius Bertrand, Marceline Desbordes-Valmore, Maurice de Guérin y Eugénie de Guérin quedaban relegados. La evolución del Romanticismo continuaba de forma más sutil en corrientes como la de Nerval.

Sainte-Beuve llegó a hablar de una “segunda generación romántica” e intuyó el sentido de su aporte. Sin embargo, solo una perspectiva retrospectiva permite comprender la centralidad de Charles Baudelaire (1821-1867), ubicado entre el ocaso del Romanticismo y el surgimiento del simbolismo.

Baudelaire, crítico y poeta, fue consciente del papel histórico de su obra. Introdujo una nueva dimensión moral y estética, donde el arte se convierte en vía de exploración interior. Su producción principal se concentra en Las flores del mal (1857) y Pequeños poemas en prosa (1853-1865), donde se configura una nueva sensibilidad artística.

Como señala Van Tieghem, Baudelaire concibe la poesía no como un ejercicio superficial, sino como la propia vida del poeta, comprometida en su totalidad. A ello se suman sus traducciones de Poe, su crítica de arte y sus escritos personales, como Mi corazón al desnudo, que completan una obra decisiva para la modernidad literaria.

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