Los economistas

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Quienes tenían una idea más precisa de la injusticia social eran, en cambio, los llamados “economistas”. Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon (1760-1825) había concebido el designio de mejorar, organizando la industria, la suerte de las clases laboriosas. Charles Fourier (1772-1837) intentó reformar la sociedad por medio de la libre asociación. El más importante de estos autores es Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), precursor del socialismo moderno. Su principal obra es La filosofía de la miseria, que provocó una famosa polémica con Marx, al responder éste con La miseria de la filosofía. Un grupo de católicos liberales a menudo en conflicto con la Santa Sede había promovido un resurgimiento religioso. Felicité Robert de Lamennais (1782-1854), autor de Palabras de un creyente, es a la vez un ferviente demócrata; J. B. Lacordaire (1802-1861), célebre por sus Conferencias; Charles Forbes, conde de Montalembert, y Fréderic Ozanam (1813-1853), erudito que estudió a Dante, dieron brillo al movimiento católico.

Los positivistas

Para Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, la cultura oficial a la que consideraban vana e impotente no era sino un refugio de las mediocridades satisfechas. En realidad, bajo la influencia de la filosofía de Auguste Comte (1798-1857) y de las ideas de Taine, el arte a pesar de los esfuerzos de Renan por integrarlo en una síntesis del conocimiento que debe mucho a Michelet se había vuelto práctico, técnico, realista. Comte creó la filosofía positivista. Según ésta, el mundo espiritual era reflejo de procesos materiales que, gracias al progreso de las ciencias, podrían, en el futuro, ser orientados conscientemente por la inteligencia humana. La influencia mundial de estas ideas fue un fenómeno impresionante. En Francia, dominaron completamente la vida universitaria. Pero Taine y Renan, que durante cuarenta años se consagraron a la enseñanza, y que fueron también positivistas, iniciaron ya la reacción contra ese sistema.

En Hippolyte Taine (1828-1893) se discierne claramente la oposición entre las tendencias profundas del Romanticismo y la nueva doctrina, que procuraba analizar los fenómenos del espíritu y la cultura con los métodos de las ciencias físicas y naturales. Filósofo, es también un estudioso de la literatura. En Filosofía del arte, en Orígenes de la Francia contemporánea, en su valiosa Correspondencia, subordina el espíritu creador a la triple influencia de la raza, el momento y el ambiente. Historiador, filósofo y crítico fue Ernest Renan (1823-1892). Después de prepararse para el sacerdocio, perdió la fe religiosa y se consagró al estudio científico del pasado. En 1849 publica El porvenir de la ciencia, acto de fe en una redención que llegaría no ya por mediación diving sino por el conocimiento. Estudió el cristianismo con simpatía, aunque insistiendo en la negación de lo sobrenatural. También esa religión la de la ciencia debía exponerlo, en los últimos años, al desengaño. Por encima de todo, es Renan un escritor maravilloso. La limpidez y flexibilidad de su estilo tornan encantadora la lectura de sus estudios de historia religiosa, de filología, de crítica literaria, y sus libros de literatura pura, como Recuerdos de infancia y juventud. Pocas veces un país se habrá recuperado tan pronto de una derrota total, cómo Francia después de la guerra de 1870. Había dejado de ser, acaso, el primer país de Europa; pero en vez de cultivar un poderío más aparente que real, en vez de ostentar la vana pompa del Segundo Imperio que había adormecido las energías profundas de la nación, se concentró en un paciente esfuerzo de creación histórica. Sus jefes militares, sus exploradores y sus hombres de empresa le dieron, en pocos años, un fabuloso imperio ultramarino. La República, cuya suerte pareció incierta hasta 1880, terminó por consolidarse; conservadora en el fondo, liberal en su espíritu, tenía la elasticidad suficiente para tenderse hacia el progreso sin dejar de nutrirse en la tradición. La fe en el “porvenir de la ciencia” llegó a ser una filosofía, una religión. Taine y Renan habían escrito y publicado su obra, en lo esencial, antes de la guerra; pero después se convirtieron en los maestros de la juventud. Bourget, Maupassant y Barrès siguieron sus cursos. Anatole France dice de Taine: “El pensamiento de ese vigoroso espíritu nos inspiró, hacia 1870, un ardiente entusiasmo.”

Todas estas búsquedas, estas tentativas, confluyen en la poesía de Stéphane Mallarmé (1842-1898), en quien la doctrina simbolista se torna explícita. “Pintar no la cosa sino el efecto que produce”, escribe. “El verso no debe componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras deben esfumarse ante la sensación.” Un infinito repertorio de claves -lógicas, mágicas, puramente estilísticas- hará de Mallarmé un poeta para iniciados. Vibra en él la secreta inquietud baudeleriana. Y la voluntad prometeica de Rimbaud, en un tono aparentemente apaciguado, se hace en él más concentrada y eficaz. Su poética es una filosofía del lenguaje, una indagación de las posibilidades y del significado último de la poesía; su obra, un intento de liberarla de toda contingencia y de plasmar el poema como un “objeto verbal” perfecto y necesario. Estos artistas rechazan el orden social; no por injusto, sino porque oprimía con sus convenciones el libre desarrollo de la individualidad.

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