El teatro realista

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La literatura dramática, hacia 1880, se había impregnado de concepciones realistas y naturalistas. Éxitos mediocres fueron las tres piezas escritas por Zola, de las cuales Teresa Raquin es la mejor. El creador del teatro realista fue Henri Becque (1837-1899), que vivió miserablemente en una soledad orgullosa. Sus dramas Los cuervos, La parisiense, rechazan las convenciones del teatro de su época. No se trata de hacer teatro, sino de exponer la vida, “la vida que continúa siempre”. Pero había demasiado método en su forma de exponerla, y el método, como no podía ser de otro modo, envejeció rápidamente. En 1887, André Antoine (1858-1943) fundó el Teatro Libre, conjunto de aficionados que se apasiona por las piezas naturalistas, que le permitían crear una “puesta en escena” particularmente impresionante. Su repertorio comprendía obras de Maupassant, Barrès, Balzac, Courteline, y de grandes autores extranjeros como Strindberg, Ibsen, Hauptmann, Tolstoi, etcétera. Antoine conquistó a la opinión para un teatro más abierto a los aires de la calle, que trató de hacer experiencias en plena libertad. 

La Reacción contra el Positivismo y el Naturalismo

Filósofos como Émile Boutroux (1845-1921), Octave Hamelin (1856-1907), Henri Poincaré (1854-1912), Charles Renouvier y Léon Brunschwig emprendieron la crítica del positivismo. En realidad, salieron al paso a un escepticismo científico que proclamaba con demasiado apresuramiento el fracaso de la ciencia. Este escepticismo tomaba por pretexto la evolución producida en el espíritu de Renan, el cual, en su última época, había puesto a la ciencia en su justo lugar. Pero el proceso al naturalismo se hizo, también, en el terreno de la crítica literaria. Ésta entró en un período “impresionista”. Para Jules Lemaitre (1853-1914) no existen principios en materia de literatura. Lo esencial es el gusto. Anatole France cuya obra crítica se halla en los cuatro tomos de La vida literaria escribía: “La verdad es que nunca sale uno de sí mismo. Es una de nuestras grandes miserias. Lo mejor que podemos hacer es resignarnos a ella.” Rémy de Gourmont (1858-1915) abogó por “las formas nuevas, expresivas, vivientes, del arte”, y luchó por el simbolismo, por el teatro realista, por los jóvenes contra “los pobres”. Esta crítica fue eficaz. Lo que no había podido lograr Ferdinand Brunetière (1849-1906) en su libro La novela naturalista donde atacaba a esa escuela en nombre de la fe, de la tradición, de las convenciones sociales lo consiguieron los críticos de tendencia impresionista. Brunetière es, además, autor de Evolución de los géneros en la historia de la literatura francesa. J.H. Rosny, Lucien Descaves y Paul Margueritte (1860-1918), los cuales eran acólitos del naturalismo, publicaron en 1887 el Manifiesto de los cinco, en el que renegaba esa impostura de la literatura verídica, de sus antiguas ideas. “El título de naturalista, ya no puede sobrias maneras de Flaubert; Huys convenirse.” Maupassant evoluciona hacia las manos, denunciaba el vicio de una escuela “condenada” y el mismo Zola, después de terminar penosamente entregaba a las fuerzas místicas y sobrehumanas.

El Simbolismo

Contra el naturalismo que se manifestó ante todo en la novela y el arte se organizaba entre poetas y pintores que comulgaban en el culto de Baudelaire, cuya influencia había crecido con lentitud, pero avasalladoramente. Otras influencias más cercanas las de Rimbaud y Verlaineexaltaron la sensibilidad, la imaginación, la melodía verbal, y una comprensión intuitiva de realidades más profundas que las accesibles en el plano de la vida inmediata. Gustave Kahn,que en 1886 fundó con Jean Moréas y Paul Adam la revista “Le symboliste”, fue el teórico principal de este movimiento. La poesía debe evocar sentimientos, y éstos son “matices del alma”, la cual se cifra, esencialmente, en “un deseo penetrante y vago”. Antes de que la nueva escuela se organizara, ya había encontrado su poeta más alto: Jules Laforgue (18601887), decadente, sutil y sarcástico. “Un Heine, si se quiere, pero de una sensibilidad más inquieta y de una ironía más corrosiva”, apunta un crítico. Nació en Montevideo, vivió en Berlín, pobre y solitario, y sólo pudo permitirse algunas escapadas a París, donde murió. Entre los miembros de la escuela simbolista propiamente dicha, conviene recordar, además, a Jean Moréas (1856-1910), que había llegado de su Grecia nativa y fundó posteriormente, junto con Maurice du Plessys, la Escuela románica; a Stuart Merrill (1863-1915) y a Francis Viélé Griffin (1864-1937), ambos estadounidenses; a Laurent Tailhade, a Saint Pol Roux, llamado el Magnífico, por la suntuosidad de sus metáforas, y a Henri de Régnier (1864-1936). Más conocido por sus cuentos y novelas, Régnier, como poeta, volvió en su segunda época a un parnasianismo académico.

El simbolismo se extendió con particular generaciones. También en Francia perduró mucho tiempo, atenuado. Influyó decisivamente delicada sensibilidad de la escuela y logró político de su obra; en Francis Jammes (1868-1938) amor a la aldea y su noble espíritu cristiano; en Paúl Fort (1872-1960), autor de cuarenta series de Baladas francesas, poemas en prosa que acaso repitan demasiado ciertos efectos puramente verbales; en la condesa de Noailles (1876-1933), cuya limpidez y arrebato recuerdan el verso romántico de 1830, pero también los ejercicios musicales del simbolismo. La última y más fecunda prolongación del simbolismo se hallará aún en la poesía de Paul Valéry. Pero en 1900 había dejado de existir como escuela, y quienes seguían fieles a su estética André Spire, Tristan Klingsor integraban más bien el séquito retardatario de la poesía francesa.

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